21 março 2018

gabriela kizer


Poética

I

No tiramos nuestro cuerpo por la ventana.
No abrimos huecos en algún pedazo de tierra húmeda
para que nuestros amigos fueran a visitarnos.
No pedimos que nos sembraran flores encima.

Hemos visto caer sobre nosotros la modorra entera del dolor
y ni siquiera podemos decir que lo conocemos.
Hemos tratado de desperezarnos y de agarrar en el aire
una libélula: la flor prensada o podrida dentro del sueño.
Hemos besado su resequedad y sus larvas.
Hemos sentido en el sabor del barro, la mies
y aunque el grano fuese duro, inmasticable,
hemos aprendido a molerlo con los dientes.

¿Pero qué haremos ahora?
¿Qué sombrero le pondremos a esta tristeza de gaucho
solitario y ebrio?, ¿qué llanuras le daremos para que ande?,
¿qué oasis y qué cactus cuando precise recostarse
o apurar las espuelas, el puñal
para atrapar el tono que fuese necesario?

¿Recuerdas? Conocimos a un hombre
que fingía ataques de epilepsia en distintas esquinas de esta ciudad.
Cada cierto tiempo volvía a ponerse en nuestro camino.
Tirado en alguna acera,
lo veíamos bañado de sudor, con la mano en el corazón
y nos confundíamos nuevamente con espanto.
¿Y qué haremos ahora?
¿Qué le diremos a este sujeto que nos ha estafado?,
¿qué imagen suya pegaremos en el álbum de cromos superpuestos
para que no se nos confunda la memoria?

Para que no se nos olvide tampoco
la lentitud de aquel recogedor de latas
que casi de pie y a lo largo de cien segundos
atravesó la avenida principal
con luz roja para peatones
sin que ningún conductor gritara nada,
sin que ningún nuevo mitólogo afirmara
que así era como Atlas cargaba el mundo.

¿Y qué haremos en este mundo?
Qué cargamento de latas ganará algún valor de cambio
si no hemos caminado hasta el medio de la calle
para cargar y poner a salvo a un gato muerto,
si hemos visto a la amiga auscultar el corazón del animal
y mover el cuerpo, acariciarlo,
con una ternura que nos hizo avergonzar.
¿Y dónde buscaremos la cajita de cartón
en la que pueda caber esta vergüenza,
esa cara de gato atropellado
a la medida de un camión de basura?

No, no seguiremos buscando en el estiércol
la medida exacta de alguna frase inusitada.
No hallaremos nuevos ritmos en la quinta pata del gato
ni imitaremos a los hombres de manos enguantadas
que hay detrás de cada camión de basura.
Rasgaremos nuestras camisas, si hace falta,
nos sentaremos siete días en el suelo
y guardaremos el más rígido luto por aquello que importa
y que cae y que fracasa siempre.
Pero no quedará enterrado el corazón.
Tampoco lo congelaremos para futuros más desoladores aún
o sorprendentemente magníficos.

De los barcos que pasan,
hemos conocido ya la estela grabada sobre los huesos,
hemos entendido que nadie nos ha salvado de nada.
Pero no seremos los cronistas del desconsuelo.
No lo seremos.


Poética

I
Não atiramos o nosso corpo pela janela.
Não abrimos buracos num pedaço de terra húmida
para os nossos amigos nos visitarem.
Não pedimos para semearem flores em cima de nós.

Temos visto cair em nós a modorra inteira da dor
e nem sequer podemos dizer que a conhecemos.
Andámos a contorcer-nos e a apanhar no ar
uma libélula: a flor prensada ou apodrecida dentro do sonho.
Beijámos a sua secura e as suas larvas.
Sentimos no sabor do barro, a messe
e embora o grão fosse duro, imastigável,
aprendemos a moê-lo com os dentes.

Mas que faremos agora?
Que chapéu poremos a esta tristeza de gaúcho
solitário e ébrio? Que planícies lhe daremos para que ande?
Qual oásis, qual cacto quando precisar de descansar
ou apurar as esporas, o punhal
para apanhar o tom que seja necessário?

Lembras-te? Conhecemos um homem
que fingia ataques de epilepsia em várias esquinas desta cidade.
De tempos a tempos voltava a por-se no nosso caminho.
Estendido nalguma vala,
víamo-lo banhado em suor com a mão no coração
e ficávamos confusos de novo com espanto.
E que faremos agora?
Que diremos a esta criatura que nos burlou?
Que imagem sua colaremos no álbum de cromos sobrepostos
para não confundirmos a memória?

Para que não se nos esqueça sequer
a lentidão daquele apanhador de latas
que quase de pé e ao longo de cem segundos
atravessou a avenida principal
sem que nenhum condutor gritasse,
sem que nenhum novo mitólogo dissesse
que assim era como Atlas carregava o mundo.

E que faremos neste mundo?
Que carregamento de latas alcançará um valor de câmbio
se não caminhámos até ao meio da rua
para carregar e por a salvo um gato morto,
se vimos a amiga ascultar o coração do animal
e mover o seu corpo, acariciá-lo,
com uma ternura que nos fez envergonhar.
E onde procuraremos a caixa de cartão
onde possa caber esta vergonha,
essa cara de gato atropelado
à medida de um camião de lixo?

Não, não continuaremos a procurar no esterco
a medida exata de uma frase inusitada.
Não encontraremos novos ritmos na quinta pata do gato
nem imitaremos os homens de mãos enluvadas
que estão atrás de qualquer camião de lixo
Rasgaremos as nossas camisas, se for preciso,
sentar-nos-emos sete dias no chão
e guardaremos o mais rígido luto por aquilo que importa
e cai e fracassa sempre.
Mas não ficará enterrado o coração.
Tão pouco o congelaremos para futuros mais desoladores ainda
ou surpreendentemente magníficos.

Dos barcos que passam
conhecemos já a estrela gravada nos ossos
entendemos que ninguém nos salvou de nada.
Mas não seremos os cronistas do desconsolo.
Não seremos.