08 julho 2009

angelica liddell: El Mono Que Aprieta Los Testículos De Pasolini



La Pasión nutre al mono. Es el mono que aprieta nuestros genitales. La Pasión estalló en el estómago del mono de Pasolini. El mono que apretaba los genitales de Pasolini llegó al punto máximo de fuerza justo cuando Pasolini concibió Saló. Cuanto más dolor hay sobre la tierra, cuanto más decepcionados nos sentimos, más aprieta el mono. Nuestros dientes rechinan en la medida en que se tensan los tendones de la mano del animal. Las venas de sus dedos están cargadas con la nitroglicerina del resentimiento y del asco. El mono siente asco por todos nosotros. El mono siente asco por la sociedad. El mono es el origen del dolor humano. El mono tiene que enfrentarse a su propia evolución degenerada, es decir, a los hombres. Soporta las celdas más pestíferas que un ser vivo puede soportar, circos, zoológicos y laboratorios como en una parodia bizarra y cruel de lo que un hombre es capaz de hacer contra otro hombre. La fuerza del mono proviene de su sufrimiento. El mono insiste en el sufrimiento para intentar comprender el disparate de su metamorfosis.

Mi punto de vista incluye al mono enfermo que aprieta mis genitales. Mi punto de vista incluye a Pasolini. Mi punto de vista, como el del mono, es totalmente antisocial, pasional. Mi punto de vista incluye las definiciones de Pasión: acción de padecer, cualquier perturbación o afecto desordenado del ánimo, en medicina, afecto o dolor sensible de alguna de las partes del cuerpo enfermo, inclinación o afición vehemente a una cosa. Contra una sociedad ruin que aspira a cualquier tipo de poder, que consume poder compulsivamente, me declaro apasionada. Mi obra, que es una acción más de mi vida, sobrevive apasionada. He nacido demasiado. El cuerpo enfermo se hace verbo. Mi obra acaba siendo una oveja rabiosa y epiléptica, inevitablemente oveja de la manada, pero al menos oveja rabiosa.

Si el arte pudiera ser meningítico y contagiar. Pero el arte es simplemente el ansia de lo realizable, como el suicida que ama demasiado la vida, como el suicida que vive suicidado, como el suicida que nunca muere. El arte es el ansia de lo realizable, porque quisiera crear una conciencia trágica del fracaso humano, pero nunca llega a conseguirlo. La sociedad impone su maldad y su ignorancia una y otra vez. La ignorancia pequeño- burguesa no integra el arte como epifanía reveladora ni como alianza con el alma humana. No integran el arte como revolución ni como ratificación de la individualidad. La sociedad, despegada por completo del arte, es fea y dañina. No soporta la coherencia artística, siempre brutal. La bondad, la belleza y la verdad son demasiado peligrosas. Ya lo avisa Holderlin, “La poesía es un juego peligroso”. Es natural que los mezquinos de la tierra huyan despavoridos ante la poesía. Corren a refugiarse en sus raquíticas convenciones y compromisos. Está claro que el pacto social es hipócrita, necesariamente hipócrita, pero el arte no puede ser social, el arte debe romper ese pacto, el arte debe ser antisocial para no ser hipócrita.

Me incorporo a la reflexión de Musset, “Hay un predominio del sufrimiento en lo moderno”. La silla eléctrica de Warhol es modernísima. Modernísima la virgen muerta y podrida de Caravaggio. Modernísimo el autoretrato que Miguel Ángel realizó en el repugnante pellejo de San Bartolomé. Moderno el suicidio de Madame Bovary y La letra escarlata de Nathaniel Hawthorne. Entiendo lo moderno desde la perspectiva del mono iracundo que hubiera deseado convertirse en algo no humano. Lo moderno es la desesperación del mono que jamás deseó llegar a ser hombre. De igual modo que el mono prehistórico es el origen del dolor, lo moderno es el origen de la violencia poética.

Pero la sociedad pequeño- burguesa, bienpensante, correcta, es falsamente moderna, y por esa razón es también falsamente tolerante, falsamente comprometida, falsamente culta. Si tomamos el sexo como ejemplo comprobamos que la sociedad tolera la sexualidad de una forma fácil incluso de una forma soez incluso de una forma extrema, celebran un sexo de pandereta. Pero cuando se utiliza el sexo para intentar comprender el origen del dolor humano, cuando el sexo se incorpora al arte, el sexo deja de ser tolerado. Cuando se intenta comprender el sentido de la vida mediante la violencia poética la sociedad se vuelve intolerante. Si formulamos las grandes preguntas del hombre mediante actos de violencia poética la sociedad se acobarda, se agusana y se vuelve injusta, sorda y ciega.

Esta abstracción nauseabunda que es la sociedad, tan ávida de violencia televisiva, coprófaga, bulímica de violencia informativa, es la misma sociedad que escupe contra la violencia poética, es la misma sociedad que se siente amenazada por la violencia poética. Vomitan la violencia poética mientras devoran la televisiva. Degluten guerras, hambrunas, crímenes, degluten todo aquello que es televisado sin que nada, incluso lo más horrendo, les agreda. Pero si concentráramos las mismas guerras, hambrunas y miserias en un escenario esos burguesotes en vez de deglutirlo lo vomitarían, porque en sus míseras vidas vomitan todo aquello que no tiene que ver con el poder y con sus repugnantes ambiciones. La violencia poética les mancha. La violencia televisiva deja intactas sus ambiciones. La violencia televisiva nunca ataca. Sin embargo la misión de la violencia poética es atacar, atacar sin descanso. A la violencia televisiva nos enfrentamos con la mezquindad del que elude responsabilidades. Frente a la violencia poética no podemos eludir responsabilidades porque como espectadores formamos parte del acontecimiento violento. La violencia real viene provocada por una imbecilidad atroz. La violencia poética por una lucidez atroz. Es triste, realmente triste, que la una no exista sin la otra.

La violencia poética es como el hambre. Dice Artaud, “No me parece que lo más urgente sea defender una cultura cuya existencia nunca ha liberado a un hombre de la preocupación de vivir mejor y de tener hambre, sino extraer aquellas ideas cuya fuerza viviente sea idéntica a la del hambre”. La violencia poética consiste en escapar de los tópicos, en escapar de la opinión general, es intentar que el pensamiento llegue hasta donde llega la emoción, es despiojarse de una vida de compromisos y medianías, es no mentir, es ver un poco más allá, es el ansia lo realizable, es el hambre.

La violencia poética es necesaria para que lo violento se revuelva contra los depredadores de violencia televisiva y los depredadores de información. Es necesaria para que lo violento se revuelva contra los violentos. La violencia poética es por tanto un acto de resistencia contra la violencia real. Es decir, la violencia poética es necesaria para combatir la violencia real. Pero por encima de todas las cosas la violencia poética pone a prueba la conducta moral de la sociedad. Es preciso hacer obras inaceptables, siempre inaceptables para los bienpensantes oficiales. La violencia poética es la única revolución posible. No se pueden hacer las paces con los burgueses. Ser imbécil, dañino e ignorante tiene un precio y alguna vez tienen que pagarlo. Pero la violencia poética fracasa al certificar que nada transforma a los idiotas. Los idiotas ni siquiera pisan el teatro. Y entonces uno se cubre con los relámpagos de la impotencia.

La sociedad quiere encerrarnos en el vientre de un burro muerto. Allí quiere que terminemos nuestros días. “Así que me parece que mañana degollemos a este asno, y sacadas del todo las entrañas, por medio de la barriga, cosámosle dentro esta doncella y solamente tenga la cara de fuera, todo el cuerpo de la moza se encierre en el cuero del asno; y después me parece que se debe poner este asno así relleno y cosido encima de un risco de éstos, adonde le dé el ardor del sol. Y de esta manera sufrirán ambos todas las penas que vosotros derechamente hayáis sentenciado. Porque este asno recibirá la muerte que días ha merecido, y ella sufrirá los bocados de las bestias fieras cuando sus miembros serán roídos de los gusanos; y también pasará pena de fuego cuando el sol encenderá el vientre del asno, con sus grandes ardores, y asimismo sufrirá pena de la horca cuando los perros y bueyes llevarán sus carnes y entrañas a pedazos; además de esto, debéis pensar muchos tormentos y penas que pasará ella; siendo viva morirá en el vientre de la bestia muerta, y del gran hedor sus narices penarán, y de no comer se secará de hambre mortal, y como estará cosida, no tendrá libres las manos para poderse matar” Este fragmento de “El Asno de Oro” de Apuleyo es un buen ejemplo de violencia poética. La sociedad que nos describe Apuleyo no es muy distinta a la española que nos describe Cervantes en El Quijote, un pueblo zafio, necio, sucio, capaz de moler a palos a un pobre loco. El Quijote, otro ejemplo imprescindible de violencia poética.

No debemos permitir que la represión triunfe sobre la expresión. Nuestras democracias son cada vez más turbias y represivas bajo la máscara de una tolerancia infantil. ¿Qué podemos hacer en este momento de fracaso de los sistemas tradicionales?

¿Qué podemos hacer en esta época de infantilismo monstruoso? No me reconozco en un uso normativo del arte político. Sería terrible caer en la demagogia o en el mesianismo, en el tópico humanitario o en la denuncia baba, sería asqueroso tomar la palabra por otros, yo no hablo por boca de los desgraciados, sería un ultraje a su dignidad. No soy una portavoz. Los portavoces están instrumentalizados. Simplemente me entrego a actos pasionales, acción de padecer a causa de una inclinación vehemente, los desgraciados causan una afección en mi cuerpo. Todo tiene que ver con la Pasión, actúo como un Cristo falso y hambriento, soy una figurante sin importancia, apenas sin papel, como el figurante que hace de Cristo en La Ricotta de Passolini, un Cristo de bulto, un Cristo no milagroso, desclavado, mirando los agujeros de sus manos y sus pies sin saber muy bien hacia donde se dirige, seguramente en busca de un trozo de queso para saciar el hambre. El Cristo de la Ricotta tiene tanta hambre que cuando encuentra el queso lo devora y revienta clavado en la cruz.

Sólo quiero convertir la información en horror. Sólo quiero concentrar el horror en un escenario para que el horror sea real, no informativo sino real. Aquí nos enfrentamos a una gran paradoja. Está claro que la violencia poética es lo que se opone a la violencia real, sin embargo el sufrimiento televisivo acaba siendo irreal porque no nos afecta, no nos hiere (al fin y al cabo la información es una estrategia más del poder), de tal modo que el sufrimiento estético y poético acaba convirtiéndose en el sufrimiento real porque es el que verdaderamente nos afecta, es el único sufrimiento capaz de conmovernos o al menos de hacernos comprender un atisbo de verdad. Así llegamos a la conclusión de que hay que poner el sufrimiento humano en un escenario para que el sufrimiento sea real.

Pero a la sociedad no le interesa el arte sino la información. Y lo cierto es que esta sociedad fría , ignorante y malvada, orgullosa de su falta de cultura, prepotente, alienada por el consumo y sus aspiraciones mezquinas, caníbal de desgracias humanas como de spots publicitarios, se ha acabado adaptando a la información del mismo modo que las ratas a la mugre. Este es el gran triunfo del poder, haber conseguido adaptar a la sociedad a la información, a la violencia informativa. De esta forma la realidad queda totalmente desdramatizada. Hay que convertir al espectador en un inadaptado. Hay que convertir a los seres sociales en asociales. Intentar que el mono iracundo apriete sus genitales. Sólo con el arte puede llegar a alcanzarse una comprensión del mundo, una comprensión no televisada.

Sin embargo es tan insalvable el vacío entre el propósito del arte y su consecuencia, un barranco hasta el centro de la tierra, un barranco sin Mazinguer Z al fondo y sin Coyote, el arte es el ansia de lo realizable, no lo realizable, sino el ansia. Es tanta el hambre de ideas del creador y tan poca su influencia en la comprensión del mundo, en el cambio del mundo. El arte no pasa de ser un esguince sentimental privado sobre el que la sociedad siempre triunfa. La ignorancia siempre triunfa. Siempre electrocutan al mono. El mono muere entre espasmos dentro de una jaula en la que ni siquiera puede revolverse.

Por otra parte, no hay que identificar al creador con un mártir ni con un héroe doliente, más bien el creador se avergüenza de sí mismo y trabaja bajo la presión de esa vergüenza, con el mono prehistórico al lado. El creador se identifica con la ira y la frustración del mono. El creador se siente mono en celdas pestíferas, mono de circo, de zoológico, de laboratorio, mono ingenuo con violencia poética a cuestas, mono inútil, frecuentemente apaleado sin motivo, fagocitado en muchas ocasiones por los cultísimos necios y los modernísimos necios, esos que devoran la violencia poética con el mismo estómago que la violencia televisiva sin entender nada. Esos que no tienen más que un estómago ocioso. Son algunas de la miserias de la violencia poética, caer en la concesión a un público carroñero, caer en lo gratuito, caer en lo pretencioso, caer en un parque de atracciones del horror, otro tipo de Disney.

Para concluir, el creador vive en una paradoja sin solución: Comparte la acción rabiosa con un sentimiento infinito de inferioridad. Al fin y al cabo sabemos que el arte nunca nos convertirá en mejores personas. Según Steiner este es uno de los mayores escándalos de la humanidad. Son innumerables los genocidas que disfrutan con Schubert.


O Macaco Que Aperta Os Testículos De Pasolini

A paixão nutre o macaco. É o macaco que aperta os nossos genitais. A Paixão estalou no estômago do macaco de Pasolini. O macaco que apertava os genitais de Pasolini chegou ao ponto máximo de força precisamente quando Pasolini concebeu Saló. Quanto mais dor há sobre a terra, quanto mais decepcionados nos sentimos, mais o macaco aperta. Os nossos dentes rangem na medida em que se esticam os tendões da mão do animal. As veias dos seus dedos estão carregadas com a nitroglicerina do ressentimento e do nojo. O macaco tem nojo de todos nós. O macaco tem nojo da sociedade. O macaco é a origem da dor humana. O macaco tem que enfrentar a sua própria evolução degenerada, quer dizer, os homens. Suporta as jaulas mais pestilentas que um ser vivo consegue suportar, circos, zoológicos e laboratórios como uma paródia bizarra e cruel do que um homem é capaz de fazer a outro homem. A força do macaco provém do seu sofrimento. O macaco insiste no sofrimento para tentar compreender o disparate da sua metamorfose.

O meu ponto de vista inclui o macaco doente que aperta os meus genitais. O meu ponto de vista inclui Pasolini. O meu ponto de vista, como o do macaco, é totalmente anti-social, passional. O meu ponto de vista inclui as definições de Paixão: acção de padecer qualquer perturbação ou afecto desordenado do ânimo, em medicina, afecto ou dor sensível de alguma das partes do corpo doente, inclinação ou afeição veemente a uma coisa. Contra uma sociedade ruim que aspira a qualquer tipo de poder, que consome poder compulsivamente, me declaro apaixonada. A minha obra que é uma acção mais da minha vida, sobrevive apaixonada. Nasci demasiado. O corpo doente faz-se verbo. A minha obra acaba por ser uma ovelha raivosa e epiléptica, inevitavelmente ovelha da manada, mas pelo menos ovelha raivosa.

Se a arte pudesse ser meningítica e contagiar. Mas a arte é apenas a ânsia do realizável, como o suicida que ama demasiado a vida, como o suicida que vive suicidado, como o suicida que nunca morre. A arte é a ânsia do realizável por desejar criar uma consciência trágica do fracasso humano; mas nunca chega a atingir esse objectivo. A sociedade impõe a sua maldade e a sua ignorância sempre e sempre. A ignorância pequeno-burguesa não integra a arte como epifania reveladora ou como aliança com a alma humana. Não integra a arte nem como revolução nem como ratificação da individualidade. A sociedade, desligada completamente da arte, é feia e daninha. Não suporta a coerência artística, sempre brutal. A bondade, a beleza e a verdade são demasiado perigosas. Já prevenia Hölderlin, “A poesia é um jogo perigoso”. É natural que os mesquinhos da terra fujam espavoridos perante a poesia. Correm a refugiar-se nas suas raquíticas convenções e compromissos. Está claro que o pacto social é hipócrita, necessariamente hipócrita, porém a arte não pode ser social, a arte deve romper esse pacto, a arte deve ser anti-social para não ser hipócrita.

Subscrevo a reflexão de Musset, “Há um predomínio do sofrimento no moderno”. A cadeira eléctrica de Warhol é moderníssima. Moderníssima a virgem morta e putrefacta de Caravaggio. Moserníssimo o auto-retrato que Miguel Ângelo realizou na repugnante batalha de São Bartolomeu. Moderno o suicídio de Madame Bovary e A letra escarlate de Nathaniel Hawthorne. Entendo o moderno pela perspectiva do macaco iracundo que tivesse desejado converter-se em algo não humano. O moderno é o desespero do macaco que nunca quis ser homem. Do mesmo modo que o macaco pré-histórico é a origem da dor, o moderno é a origem da violência poética.

Mas a sociedade pequeno-burguesa, bempensante, correcta, é falsamente moderna, e, por essa razão, falsamente tolerante, falsamente comprometida, falsamente culta. Se tomarmos o sexo para exemplo comprovamos que a sociedade tolera a sexualidade de uma forma fácil, inclusive de uma forma soez, inclusive de uma forma extrema, celebram um sexo de pandeireta. Mas quando se utiliza o sexo para tentar compreender a origem da dor humana, quando o sexo se incorpora na arte, o sexo deixa de ser tolerado. Quando se tenta compreender o sentido da vida através da violência poética, a sociedade torna-se intolerante. Se formulamos as grandes perguntas do homem através de actos de violência poética, a sociedade acobarda-se, cria vermes e torna-se injusta, surda e cega.

Esta abstracção nauseabunda que é a sociedade, tão ávida de violência televisiva, coprófaga, bulímica de violência informativa, é a mesma sociedade que cospe contra a violência poética, é a mesma sociedade que se sente ameaçada pela violência poética. Vomitam a violência poética enquanto devoram a televisiva. Deglutem guerras, grandes fomes, crimes, deglutem tudo aquilo que é televisto sem que nada, incluindo o mais horrendo, ao agrida. Mas se concentrássemos as mesmas guerras, grandes fomes e misérias num cenário teatral, esses burguesitos em vez de deglutirem, vomitariam, porque nas suas míseras vidas vomitam tudo aquilo que não tem que ver com o poder e com as suas repugnantes ambições. A violência poética põe-lhes mancha. A violência televisiva deixa intactas as suas ambições. A violência televisiva nunca ataca. No entanto a missão da violência poética é atacar, atacar sem descanso. Na violência televisiva confrontamo-nos com a mesquinhez daquele que ilude responsabilidades. Perante a violência poética não podemos iludir responsabilidades porque, como espectadores, formamos parte do acontecimento violento. A violência real chega embrulhada numa imbecilidade atroz. A violencia poética numa lucidez atroz. É triste, realmente triste, que uma não exista sem a outra.

A violência poética é como a fome. Diz Artaud, “Não me parece que o mais urgente seja defender uma cultura cuja existência nunca libertou o homem da preocupação de viver melhor e de ter fome, mas antes extrair aquelas ideias cuja força vivente seja idêntica à da fome”. A violência poética consiste em escapar aos lugares-comuns, em escapar à opinião geral; é tentar que o pensamento chegue onde a emoção chega, é despojarmo-nos de uma vida de compromissos e mediocridade, é não mentir, é ver um pouco mais para lá, é a ânsia do realizável, é a fome.

A violência poética é necessária para que o violento se revolte contra os predadores da violência televisiva e os predadores da informação. É necessária para que o violento se revolte contra os violentos. A violência poética é, portanto, um acto de resistência contra a violência real. Quer dizer, a violência poética é necessária para combater a violência real. Mas acima de tudo a violência poética põe à prova a conduta moral da sociedade. É preciso fazer obras inaceitáveis, sempre inaceitáveis para os bempensantes oficiais. A violência poética é a única revolução possível. Não se pode fazer as pazes com os burgueses. Ser imbecil, daninho e ignorante tem um preço e alguma vez terão de o pagar. Mas a violência poética fracassa ao certificar que nada transforma os idiotas. Os idiotas nem sequer vão ao teatro. E aí cubrimo-nos com os relâmpagos da impotência.

A sociedade quer encerrar-nos no ventre de um burro morto. É ali que quer que terminemos os nossos dias. “Assim acho bem que amanhã degolemos este asno, e tiradas dele as entranhas, através da barriga, cosamos dentro esta donzela e somente tenha a cara de fora, todo o corpo da moça se encerre no coiro do asno; e em seguida parece-me que se deve por este asno assim recheado e cosido encima de um penhasco onde apanhe o ardor do sol. Desta maneira sofrerão ambos todas as penas que vós justamente haveis sentenciado. Porque este asno receberá a morte que mereceu e ela sofrerá os pedaços das bestas feras quando os seus membros forem roídos pelos vermes; e também passará o tormento do fogo quando o sol incendiar o ventre do asno, com os seus grandes ardores, e do mesmo modo sofrerá o martírio da forca quando os cães e os bois levarem as suas carnes e entranhas aos bocados; para além disso, deveis pensar nos muitos tormentos e penas que ela passará; sendo viva morrerá no ventre de uma besta morta, e do grande fedor sofrerão as suas narinas, e de não comer murchará de fome mortal, e como está cosida, não terá livres as mãos para se poder matar”. Este fragmento de “O Burro de Oiro” de Apuleio é um bom exemplo de violência poética. A sociedade que Apuleio nos descreve não é muito diferente da sociedade espanhola descrita por Cervantes no Dom Quixote, um povo grosseiro, néscio, sujo, capaz de matar à pancada um pobre louco. Dom Quixote, outro exemplo imprescindível de violência poética.

Não devemos permitir que a repressão triunfe sobre a expressão. As nossas democracias são cada vez mais turvas e repressivas sob a máscara de uma tolerância infantil. Que podemos fazer neste momento de fracasso dos sistemas tradicionais? Que podemos fazer nesta época de infantilismo monstruoso? Não me reconheço no uso normativo da arte política. Seria terrível cair na demagogia ou no messianismo, no lugar-comum do humanitário ou na denúncia boba, seria asqueroso tomar a palavra pelos outros, eu não falo pela boca dos desgraçados, seria um ultraje à sua dignidade. Não sou uma porta-voz. Os porta-vozes estão instrumentalizados. Entrego-me simplesmente a actos passionais, acção de padecer por causa de uma inclinação veemente, os desgraçados provocam afeição no meu corpo. Tudo tem a ver com a Paixão, actuo como um Cristo falso e faminto, sou uma figurante sem importância, sem papel, como o figurante que faz de Cristo em La Ricotta de Pasolini, um Cristo de forma, um Cristo não milagroso, despregado, olhando os furos das suas mãos e dos seus pés sem saber muito bem para onde vai, seguramente em busca de um naco de queijo para saciar a fome. O Cristo de La Ricotta tem tanta fome que quando encontra o queijo devora-o e rebenta cravado na cruz.

Apenas quero converter a informação em horror. Apenas quero concentrar o horror num cenário para que o horror seja real, não informativo mas sim real. Aqui defrontamo-nos com um grande paradoxo. É evidente que a violência poética é o que se opõe à violência real, no entanto o sofrimento televisivo acaba sendo irreal porque não nos afecta, não nos fere (ao fim e ao cabo, a informação é mais uma das estratégias do poder), de tal modo que o sofrimento estético e poético acaba por se converter no sofrimento real porque é aquele que verdadeiramente nos afecta, é o único sofrimento capaz de nos comover ou pelo menos de nos fazer compreender um cisco da verdade. Assim chegamos à conclusão de que temos de por o sofrimento humano em cena para que o sofrimento seja real.

Mas a sociedade não se interessa pela arte mas antes pela informação. E a verdade é que esta sociedade fria, ignorante e malvada, orgulhosa da sua falta de cultura, prepotente, alienada pelo consumo e pelas suas aspirações mesquinhas, canibal tanto de desgraças humanas como de spots publicitários, acabou por adoptar a informação do mesmo modo que as ratas adoptam a imundície. Eis o grande triunfo do poder, ter conseguido adaptar a sociedade à informação, à violência televisiva. Desta forma a realidade fica totalmente desdramatizada. Temos de converter o espectador num inadaptado. Temos de converter os seres sociais em seres a-sociais. Tentar que o macaco iracundo lhe aperte os genitais. Só com a rte se pode chegar a alcançar uma compreensão do mundo, uma compreensão não televista.

No entanto é muito insalvável o vazio entre o propósito da arte e a sua consequência, um despenhadeiro até ao centro da terra, um despenhadeiro sem Mazinguer Z ao fundo e sem Coyotte, a arte é a ânsia do realizável, não o realizável, mas sim a ânsia. É muita a fome de ideias do criador e muito pouca a sua influência na compreensão do mundo, na transformação do mundo. A arte mais não é que um movimento de esguelha sobre o qual a sociedade triunfa sempre. A ignorância triunfa sempre. Electrocutam sempre o macaco. O macaco morre entre espasmos dentro de uma jaula na qual nem sequer se pode revoltar.

Por outro lado, não há que identificar o criador com um mártir ou com um herói dolente, antes o criador se envergonha de si mesmo e trabalha sob a pressão dessa vergonha, com o macaco pré-histórico ao lado. O criador identifica-se com a ira e a frustração do macaco. O criador sente-se macaco em jaulas pestilentas, macaco de circo, de zoológico, de laboratório, macaco ingénuo com a violência poética às costas, macaco inútil, frequentemente espancado sem motivo, fagocitado em muitas ocasiões pelos cultíssimos néscios e os moderníssimos néscios, esses que devoram a violência poética com o mesmo estômago com que devoram a violência televisiva, sem entender nada. Esses que apenas têm um estômago ocioso. Algumas das misérias da violência poética consistem em fazer concessões a um público sarnento, cair no gratuito, cair no pretensioso, cair no parque de atracções do horror, outro tipo de Disney.

Para concluir, o criador vive num paradoxo sem solução: Comparte a acção raivosa com um sentimento infinito de inferioridade. Ao fim e ao cabo sabemos que a arte jamais nos converterá em pessoas melhores. Para Steiner, este é um dos maiores escândalos da humanidade. São inumeráveis os genocidas que têm prazer a ouvir Schubert.