18 setembro 2008

amaranta caballero




PAISAJE
(...seis horas en encontrarme...)


Dentro de un rectángulo transparente
se enclavan los cerros de verdes elevaciones.
El cielo se recorta esta tarde anónima, lleva el color gris firme como un guerrero luminoso.

A través de este rectángulo veo
la curva perfecta donde un hombre y una mujer se besaron. Del beso
se levantó insomne
el viento que trajo a la lluvia. Era la madrugada.

El caserío distrae el verde de la cañada. En tonos rojos, ladrillos, azules,
mostazas,
le guiña el ojo y las manos de esta ciudad se duermen.

La palabra se descarapela.

Frente a mis ojos la roca: Pétreas las arrugas de una sábana.

A este rectángulo algunos a veces le llaman ventana. Pero no lo es.

Delgado y solo, distante, un faro me mira. En su lenguaje ermitaño
susurra las olas, la espuma, los peces de un mar que nadie ha visto.

Inesperado, agudo y filoso
un relámpago traspasa la pierna de un hombre.

Se acalambra el paisaje.

Otro hombre balbucea, habla desde un mundo poblado de pájaros
de carne blanda y plumas torcidas color sepia. Uno tiene el paladar
y los dientes negros. El otro lleva los ojos ardiendo y el sueño enrarecido. Es el mismo eco resonando en lenguajes distintos. Es el mismo hombre haciéndose otro hombre.

El cuenco de una cuchara contiene calcio diluído y previamente triturado en un mínimo mortero. El cuenco de los ojos del hombre se inunda.

En un momento todos estamos ciegos. Nada permanece.

La ventana rueda.

Dentro de un rectángulo transparente una mujer observa cómo su aliento cambia el color de un cubrebocas. Eso es sólo, o casi, imperceptible.

Un hombre acostado tiembla inundado de sueños en blanco.
Calcio y sulfato ferroso estancados, clandestinos, en las comisuras de su boca.

A mis espaldas
el hombre duerme bajo el arco de una puerta que no conozco.

Amaranta Caballero


Paisagem
(...seis horas ao meu encontro… )

Dentro de um rectângulo transparente
cravam-se os cerros de verdes elevações.
O céu recorta esta tarde anónima, empunha o cinzento firme como um guerreiro luminoso.

Através deste rectângulo vejo
a curva perfeita onde um homem e uma mulher se beijaram. Do beijo
levantou-se insone
o vento que trouxe a chuva. Era a madrugada.

O casario distrai o verde do arvoredo. Em tons vermelhos, de tijolo, azuis,
mostarda,
pisca-lhe o olho e as mãos desta cidade adormecem.

A palavra descasca-se.

Diante dos meus olhos a rocha: Pétreas as rugas de um lençol.

Há quem chame janela a este rectângulo. Mas não.

Delgado e solitário, distante, olha-me um farol. Na sua linguagem eremita
Sussurra as ondas, a espuma, os peixes de um mar que ninguém viu.

Inesperado, agudo e afiado
Um relâmpago trespassa a perna de um homem.

Amedronta-se a paisagem.

Um outro homem balbucia, fala a partir de um mundo povoado de pássaros
de carne branda e penas torcidas em sépia. Um tem o paladar
e os dentes pretos. O outro anda com os olhos a arder e o sonho congelado. Ele próprio
é o eco soando em diferentes linguagens. É o mesmo homem tornando-se noutro homem.

A conchinha de uma colher contém cálcio diluído e previamente triturado num pequeno
Almofariz. A conchinha dos olhos do homem inunda-se.

Num ápice todos estamos cegos. Nada permanece.

A janela roda.

Dentro de um rectângulo transparente uma mulher observa como o seu alento muda a cor de uma máscara de oxigénio. Tal é só, ou quase, imperceptível.

Um homem deitado treme inundado de sonhos em branco.
Cálcio e sulfato ferroso estancados, clandestinos, nas comissuras da boca.

Atrás de mim
o homem dorme sob o arco de uma porta que não conheço.